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LA HERENCIA DE  LA DIOSA AMATERASU

LA HERENCIA DE  LA DIOSA AMATERASU

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STUART, Y SUS ANTEPASADOS.

Stuart era un niño muy especial, cuyos antepasados, tanto por el lado materno, como por el paterno habían sido excepcionales y él mismo no era un niño común y corriente, siempre iniciaba aventuras, según él resolviendo misterios, que acababan en problemas y castigos.

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Amel, abuela del padre de Stuart, nacida en la India siglos atrás, era descendiente de una princesa hindú, Mirana, que como muchas princesas, tuvo que casarse con un mandatario extranjero, musulmán, en aras de la política internacional de su pueblo. Tuvo una suerte infausta, pues murió a manos de su propio marido, que la acusó de infidelidad.

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Por su parte, Amel, se casó en 1792 con un coronel inglés, John Thompson Sr., comisionado en la India; un mes después de quedar embarazada, el coronel fue llamado de nuevo a Inglaterra y su hijo, John Thompson Jr., nació en Londres, en 1793; con el tiempo llegó a general y después fue embajador en Japón.

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Se casó 1830 con Aiko, una japonesa emparentada con el emperador Ayahito (y, por lo tanto, con extraterrestres o dioses, como se les quiera llamar); en 1832 nació su único hijo (Stuart Thompson), hijo de japonesa, con nacionalidad y apellido inglés y muy dado a meterse en líos.

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HERENCIA EXTRATERRESTRE.

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En 1842. A los 10 años, siendo hijo del embajador inglés en Japón, Stuart tenía acceso al palacio del emperador Ayahito y a algunos lugares sagrados, porque era miembro de la familia divina.

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Durante una festividad nacional de varios días y durante la cual Stuart y sus padres pernoctaron en el palacio del emperador, sus primos japoneses le contaron de los objetos sagrados legados por la Diosa Amaterasu (extraterrestre) al primer emperador japonés Jimmu y su descendencia.

nterpretación de un artista de los Tesoros Imperiales de Japón.

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Se trataba de un collar, un espejo y una espada mágica; Stuart sintió curiosidad y cuando todos estaban dormidos, se dirigió hacia el recinto sagrado con la intención de entrar y ver la espada, aunque sabía que estaba cerrado y custodiado, pero “ya veré cómo”, pensó.

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Al llegar frente al sitio sagrado se escondió tras unos cortinajes, porque vio la puerta entreabierta. Se acercó a espiar y vio al sacerdote encargado de la limpieza de la cámara divina haciendo sus labores.

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Se escurrió adentro silenciosamente y volvió a esconderse tras otros cortinajes más gruesos y ricamente bordados con hilos de oro. Observó cómo el sacerdote hacía la limpieza hincado, pues nunca se puso de pie y al terminar hizo tres reverencias hacia un lugar que parecía ser el Sancta Sanctorum.

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Éste, estaba cubierto también por cortinas, pero éstas eran doradas y tan translúcidas que permitían ver lo que se encontraba atrás de ellas, pues de la pared posterior en semicírculo pendían varios candelabros con cirios encendidos, que iluminaban algo que a Stuart le pareció un crucifijo, pues tenía forma de cruz y en la parte de arriba se vislumbraba algo como una cabeza.

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Él no era católico, pero sí cristiano y conocía los crucifijos, por lo que se extrañó sobremanera de que los japoneses adoraran la cruz cristiana. Embebido en sus reflexiones no se percató de que el sacerdote había salido de la habitación y sólo se dio cuenta cuando oyó cerrarse la pesada puerta; tardó unos segundos en aterrarse al advertir que se había quedado encerrado por lo menos hasta el día siguiente en que alguien viniera a hacer la limpieza diaria.

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Sabía que lo iban a buscar por la mañana, cuando vieran que no había dormido en su cama, pero no sabía si quería que lo encontraran, pues había cometido un sacrilegio.

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Trató de tranquilizarse y concluyó que si estaba profanando el lugar sagrado, era porque quería ver la herencia de la Diosa Amaterasu y si lo iban a castigar, lo menos que debía hacer era revisar esos objetos que los japoneses (entre ellos, su madre) consideraban divinos.

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De puntillas (aunque no hubiera nadie que pudiera oírlo) se dirigió a la zona del altar, se detuvo unos segundos y abrió las cortinas de un tirón. De pronto se le cortó la respiración por unos segundos, pero asumió que era por el fuerte aroma a incienso y de inmediato la recuperó.

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Se acercó a lo que de lejos creyó que era un crucifijo, pero vio que no lo era. Se trataba, efectivamente, de unas tablas de madera fina, oscura, unidas en forma de cruz, que sostenían en el segmento horizontal una hermosísima y gruesa espada cuyo mango estaba cubierto de piedras preciosas que lanzaban rayos luminosos y la hoja unida a él refulgía a la luz de los cirios.

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Atrás de la espada vio un espejo que reflejaba toda la estancia de una manera muy nítida y la parte posterior de la cruz donde estaba la espada.

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Luego observó lo que supuso era la cabeza, pero que en realidad correspondía a un objeto en forma de panal de abejas, envuelto en hojas de oro, que brillaba en la penumbra.

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Se acercó lentamente y estiró el brazo para tomar la espada, pero lo pensó mejor y prefirió primero averiguar qué había dentro del “panal”, se subió a un pequeño escalón que había bajo el altar y parándose en puntas de pie alcanzó el objeto, pero resultó que estaba fijo a la parte vertical de la cruz y le costó un gran esfuerzo zafarlo. Cuando lo logró, casi perdió el equilibrio debido al peso del artefacto, que al desprenderse, activó una alarma que sonó en el puesto militar del palacio, pero no en el santuario.

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Stuart recuperó el equilibrio sin soltar el “panal” y bajó cuidadosamente el escalón, en donde se sentó, para desenvolver el precioso y pesado objeto.

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Cuando estaba tratando de encontrar la orilla de la hoja de oro que lo envolvía, escuchó un escándalo, al tiempo que se abrió la puerta. Stuart se quedó paralizado del susto al ver venir al sacerdote de la limpieza, justo detrás del Gran Sacerdote y nada menos que del mismísimo Emperador, su bisabuelo, seguido de un destacamento de soldados armados hasta los dientes. En esos momentos de emergencia, sólo el encargado de la limpieza entró de rodillas, los demás profanaron el recinto con sus botas y El emperador no tenía que hincarse.

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Después de eso, todo fue confusión y lo siguiente que supo fue que lo llevaron a una celda en los sótanos del palacio, y que tenía hambre y frío. Después de un larguísimo tiempo, que supuso de varias horas, escuchó voces y reconoció la de su madre. Momentos después, en la penumbra del corredor, la vio entrar bañada en lágrimas, seguida de un carcelero con antifaz.

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De pronto pensó que lo iban a ejecutar y que ese hombre era el verdugo, pero después recordó con alivio que todos los carceleros de la prisión del palacio usaban antifaz.

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Llegó su madre y él fue a su encuentro, se abrazaron a través de las rejas y el carcelero abrió la puerta para que el chico pudiera salir. Su madre lo envolvió en sus brazos y así caminaron hasta la salida. Afuera, en una especie de oficina burocrática, lo esperaba su padre, serio y taciturno, como buen inglés; su única muestra de afecto fue despeinarlo, como siempre lo hacía cuando se emocionaba.

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De regreso a la residencia diplomática nadie pronunció palabra. Ya en casa, su madre lo llevó a la cama, lo besó como de costumbre, le dijo que le enviaría la cena y le deseó dulces sueños. Ni un regaño, ni nada. Stuart no lo podía creer, sabiendo que lo que hizo era un sacrilegio. Todo el tiempo que estuvo en la cárcel pensó que lo iban a regañar y castigar muy fuerte, pero… nada.

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Puesto que se había salvado, se puso a cavilar en dos cosas principalmente: una, ¿cómo se enteraron? No se explicaba qué lo había delatado (si lo supiera, le serviría de lección para el futuro) y dos, ¿qué carambas había dentro del panal?

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Él había escuchado y leído la historia de la diosa Amaterasu y los emperadores y recordó lo que en ella se dice.

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Se levantó de un salto y fue a su librero, buscó y pronto encontró el libro que buscaba, ahí estaba la historia/leyenda de la diosa. Leyó:

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“LEYENDA DE LA DIOSA AMATERASU

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Amaterasu nació de una lágrima de su padre Izanagi cuando se purificaba tras su intento fallido de rescatar a su esposa Izanami.

Amaterasu es la diosa del Sol en el sintoísmo y antepasada de la Familia Imperial de Japón según los preceptos de dicha religión.

También conocida como Ōhiru-menomuchi-no-kami,  su nombre significa “Diosa Gloriosa que brilla en el Cielo”.

Su padre le otorgó un collar de joyas y la puso a cargo de Takamagahara (“Llanura celestial alta”), su hermano Susanoo, molesto por la repartición de la tierra entre ellos, irrumpió al templo de ella arrojando el cadáver de un caballo celestial, e inundó sus sembradíos de arroz; ofendida y triste por el acto, Amaterasu se ocultó en una cueva, por lo que la tierra se sumió en la oscuridad.

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Después de varios intentos, sin éxito por parte de los demás dioses para que saliera, ella escuchó la risa de los dioses y asomándose para ver el por qué de la risa, preguntó a un dios que se encontraba cerca de la entrada de la cueva y éste le dijo que era porque habían encontrado a otra diosa que gobernara el sol, ella preguntó quién era y el dios le señalo detrás de ella, al voltear, Amaterasu vio su reflejo brillante y hermoso en el espejo y decidió volver a ser la diosa del sol, entonces su hermano le regalo su espada, Kusanagi, en muestra de disculpas, volviéndose estos tres objetos: el collar, el espejo y la espada, los tesoros de la corona del Yamato. 

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Según la leyenda, varias generaciones más tarde, uno de los descendientes de Amaterasu, Jinmu, recibió esos tres regalos de parte de su abuela, la diosa Amaterasu y se convirtió en el primer emperador de Japón, dejando a la Familia Imperial como descendiente directa de la diosa suprema del sintoísmo”.

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Relacionado:

http://enigmasymitos.blogspot.com/2010/07/el-templo-de-ise-santuario-japones.html 

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Terminó de leer la leyenda y se quedó dormido.

A la mañana siguiente Stuart se enteró del costo de su aventura: Su madre, bañada en lágrimas, empacó sus cosas y ese mismo día tuvo que partir hacia Inglaterra a un internado militarizado.

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¡Y lo peor es que no logró ver lo que guardaba el “panal dorado”!

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Ciudad de México, 20 de julio, 2018, 5 pm. © Silvia Eugenia Ruiz Bachiller. Todos los derechos reservados.

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