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LO VERDE Y LO MADURO

-¡¿Y qué tiene ella que no tenga yo?!

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Sí, ya conozco ese lugar común que encanta a los hombres: “lo mismo pero mejor repartido”. Yo no me refiero a eso; al fin y al cabo, algún día le podrías decir lo mismo.

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No, yo me refiero a algo más sustancial, más bien a algo de lo que tengo mucho y ella carece: a la experiencia. Ella está muy verde; yo ya estoy madura, ¿y sabes de qué son mis frutos?, bueno, son como piñatas que se han ido llenando día a día, mes a mes, hasta llegar panzonas a diciembre. Unas se llenaron de alegrías, emociones, dulzuras, ternuras, pasiones… ¿te acuerdas?

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Otras, por el contrario, llenáronse de hambres, luchas, rechazos, ilusiones rotas, problemas y demás yerbitas por el estilo.

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Las que más me gustan son las surtiditas de los últimos años: alegrías con tristezas; como son ligeras las alegrías parecen de helio y son tan cálidas y etéreas, que regresan de inmediato al sol; ¡ah!, pero las tristezas… esas son agua pesada y pueden explotar si no se evaporan también. Recuerda eso, mi amor.

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Las más interesantes las he llenado con las semillas de amor, que han madurado lenta o rápidamente; ahora sé amar… como tú quieres, como tú quieras. ¿Ella también?; también ella te envuelve en su espíritu y te lleva con ella al país de las Maravillas envuelto en sus alas?

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O sólo te embriaga con su juventud y la “cruda” realidad es la que duele… o dolerá.

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Los hombres no han entendido que la madurez da dulzura, cada cosa en su momento, una resistencia mayor y, sobre todo, mejor entendimiento. Nos da la posibilidad de parecer ciegas, sin ser indignas; de ser madres, sin dejar de ser amantes; de ser amantes, sin dejar de ser ingenuas; de ser hijas cuando “él” necesita reafirmarse; de ser refugio cuando así lo requiere; en fin, de poder ser la “madre nutricia”, para su cuerpo, su mente y su espíritu.

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Pero no; a los hombres como tú les gusta lo verde, lo que aún es ácido y a veces amargo, prefieren tomar ese fruto que es duro y no suave; pero cuidado con los “empachos”, porque cuando te sucedan, ya no estará aquí quien sabía cómo curarte.

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Esta mujer madura ya se habrá ido con quien sí prefiera lo dulce a lo agrio, lo suave a lo duro; con el que en lugar de verde, me prefiera madura y sepa cómo disfrutarlo.

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© Silvia Eugenia Ruiz Bachiller

Ciudad de México, D. F.

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Imágenes tomadas de internet.

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Silvia Eugenia Ruiz Bachiller, Autora de “TÚ Y YO SIEMPRE”, novela romántica. La historia de amor de Almas gemelas, su karma, reencarnación y regresiones a vidas pasadas.

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Tú y Yo Siempre

foto Angel Sosa

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AMA DE PERRO O ESCLAVA DE MARIDO

 

A mediados del Siglo XX, en un pequeño pueblo de México, en una enorme casa muy antigua, una mujer se dispone a dormir.

-Ven, Niky, perrito bonito, ven… – le ofreció una galletita – ven, así, bonito, acuéstate en tu canasto para que te tape, si no, vas a tener frío – el perrito se metió de un brinco al canasto y moviendo la cola le pidió su recompensa – eso es, aquí está tu galleta, que duermas bien.

Eloísa – solterona, 80 años, flaca, consumida, amarillenta, ya medio encorvada- acabó de tapar a su perrito, se enderezó con dificultad, y poniéndose la mano en la espalda, a la altura de la cintura, se dirigió a su cama. Lecho de solterona, colcha blanca, almidonada, con muchos holanes y encajes en el vuelo.

Se desvistió tratando de no ver su cuerpo: ella sabía que podría ser causa de pecado. Rezó sus oraciones y se dispuso a dormir… pero pasó una hora, dos horas, tres, y no podía conciliar el sueño.

Hacía mucho que no pensaba en “él”, ¡EL!, el hombre que la había hecho sentir todas y cada una de las fibras de su cuerpo; sus caricias eran tan ardientes que la consumían en el fuego del infierno. Mientras él la besaba, la acariciaba y la volvía loca, un vértigo trastornaba su mente. No la dejaba pensar y la hacía desear ser suya, suya, ¡eternamente suya!

Eso sucedía cuando se veían a las 12 de la noche en la huerta. Ella no pensaba, sentía, se entregaba a un éxtasis divino (¿o pecaminoso?), guiada por las expertas manos y deliciosos labios de Antonio; que tocaban acariciaban y besaban todo su cuerpo, al principio lenta y suavemente, luego con apremio, con una fiebre que le contagiaba a ella hasta que la envolvía por completo y ya no podía negar su cuerpo a esa entrega total y absoluta.

Antonio la hacía que olvidara a Dios, a su padre, a su madre, a su tío el sacerdote; hasta se olvidaba de ella misma, que era templo del Espíritu Santo. En esos momentos, ella no era ella, era una llama dentro de una hoguera inextinguible. Qué feliz era: no pensar, sólo sentir, gozar, ser amada… llegar al éxtasis…

Pero siempre llegaba el día siguiente.

A las cuatro de la tarde en punto, sonaba el aldabón del zaguán. Era ¡él!, pero no el “él” de la noche anterior, este “él” era cortés, distante -y distinto- caballeroso, respetuoso de su prometida, incapaz de tocarla ni con el pétalo de una rosa.

Se sentaban con su padre y su madre a tomar el té. Antonio en el sillón de enfrente, ¡jamás se atrevería, sin estar casados, a acercarse más! -por lo menos, eso creían sus padres- ella era su prometida, su futura esposa, la que iba a ser madre de sus hijos.

II

Llegó el día en que se formalizó el compromiso y se habló de cosas prosaicas como la dote y la participación del yerno en los negocios del suegro (el hombre más rico del pueblo).

Claro, esto sólo se habló entre suegro y yerno. La mujer es un objeto que se negocia entre dos hombres, ella no tenía por qué estar presente.

Ambos quedaron conformes con los términos del contrato y luego Antonio y Eloísa salieron a la terraza. por primera vez solos -según sus padres- a platicar sus planes.

Antonio, distante más de un metro, para guardar las apariencias, se dirigió a su futura esposa.

-Bueno, querida, ahora sí serás mi esposa, ante Dios, ante los hombres y ante la ley.

-Sí, mi amor, ahora podremos amarnos sin miedo ni sobresaltos; ahora todo estará de acuerdo a lo que ordenan las leyes de Dios y de los hombres y podré ser aún más tuya que antes, ahora ya no temeré al pecado ¡qué feliz soy! ¡te voy a amar completamente!

La miró severamente -querida, creo que no has entendido. A MI ESPOSA no puedo ofenderla con caricias como las que te hacía en la huerta. Entiende, ahora llevarás MI NOMBRE y te debo respeto; como esposos ante Dios, no podemos dejarnos tentar por el pecado de la lujuria; recuerda que serás LA MADRE DE MIS HIJOS – bajó la vista y observó atentamente sus manos, como si fuera lo más importante que tuviera que hacer -lo pasado no quiero recordarlo ni mencionarlo y te ruego que lo olvides para siempre.

Ante el mudo asombro de su futura esposa continuó parsimoniosamente, con tono de adulto que le habla a un niño no muy inteligente, como si le estuviera dando una clase a un niño de cinco años.

-De ahora en adelante, si me acerco a ti, sólo será para tener hijos. Además, ten presente que si tu padre te consintió, por ser hija única, nuestro matrimonio cambiará las cosas. Cuando nos casemos, tendrás que servirme, adivinarme el pensamiento, ayudarme a desvestir y acostar si llego bebido y no decir nada si te enteras de mis amantes. De ahora en adelante, tú me perteneces, lo mismo que tu herencia -le sonrió siniestramente -“querida”.

Eloísa no pudo pensar por un lapso que nunca supo cuánto duró, pero al fin encontró su voz.

-Si he de ser tu esclava, con todas las obligaciones y ningún derecho, si he de entregarme a ti sólo para tener hijos y no por el placer de hacerlo, si sólo seré un objeto más de los bienes que acabas de negociar con mi padre – no pudo evitar que el tono de su voz se fuera elevando hasta convertirse en un grito agudo, histérico -¡Sal de mi casa, no quiero volver a verte! ¡prefiero morir soltera!

Y soltera se quedó; no fue esclava de un marido, ahora es ama de un perro.

© Silvia Eugenia Ruiz Bachiller

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Imágenes tomadas de internet.

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