CAPÍTULO 1 EL SEGURO

Viene de:

https://serunserdeluz.wordpress.com/2017/03/10/autobiografia-capitulo-prohibido/

 

Todo lo que ocurrió en estos capítulos de mi vida fue antes de las PC’s, de internet, los teléfonos celulares y toda la parafernalia que los acompaña. De haber existido los celulares e internet, la historia hubiera sido muy distinta…

Como recordarás, de mi Autobiografía, que supongo ya habrás leído (y si no, ¿qué esperas?), cuando decidí retractarme de aquello de “si no puedes contra ellos ¡úneteles!” (en cuanto a beber con mi alcohólico esposo) y en las ocasiones en que salíamos juntos (varias veces a la semana) ya no bebía con él, mi matrimonio empezó con problemas, pues antes tenía un “equilibrio” desequilibrado, pero balanceado al fin (él bebiendo, yo enferma; me curé, pero él siguió bebiendo) y yo lo rompí, como consecuencia, él siempre estaba de malas, nada le parecía, todo lo criticaba, en fin, ya no había la armonía de antes y, a instancias mías, dejamos de salir a comer y a cenar solos, así como asistir a cenas de matrimonios, no tenía caso, estar como cualquier otra pareja de casados: peleando y discutiendo por todo, o mirando al horizonte, sin comunicarnos entre nosotros, sólo masticando y tragando la comida.

Estábamos en esa situación cuando un día me preguntó por qué había hecho yo un gasto en mi tarjeta de crédito, que pagaba yo con mis ingresos.

-¿Y tú, por qué abres mi correspondencia?

-¿Estamos casados, no?

-Ahh, sí, claro – No dije nada más, porque eso me daba la oportunidad que yo quería, de abrir sus estados de cuenta y cuando llegaron, abrí el de la cuenta corriente, vi una transferencia de una cantidad muy grande y me llamó la atención, tanto, que cuando llegó a comer lo encaré:

-¿En qué gastaste tanto? –dije señalando la cantidad en su Estado de Cuenta.

-¿Y tú, por qué andas abriendo mi correspondencia?

Contesté con sorna

-¿Estamos casados, no?

Se tuvo que tragar el coraje.

– Le presté a Arturo, recordarás que él nos prestó para completar el costo de la casa cuando la compramos…

-Si – interrumpí –lo recuerdo perfectamente, pero eso ya se lo pagamos.

-Claro, hace meses, pero ahora él necesitó esa misma cantidad y como podía prestársela, lo hice.

-¿Y qué paso con lo de que esa cuenta es “nuestra”? ¿por qué no me consultaste?

-Porque no – y siguió revisando el borrador de su nueva novela, dando por terminada la plática.

Como 20 años de casada me había dado la suficiente experiencia para saber que cuando uno no quiere, dos no pelean, ya no insistí, sólo pregunté.

-¿Y le pediste recibo? –yo sabía que no, sólo quería que me lo confirmara.

-Ya sabes que yo confío en la gente.

Ya ni caso tenía seguir alegando, eso ya lo sabía, que a pesar de tantos trinquetes y fraudes en su contra, mi marido nunca pedía recibos cuando él daba un dinero. Eso nunca me lo expliqué, pero “genio y figura…”

Por esa misma razón, dos meses antes le había sugerido que yo llevara las cuentas y pagos de la casa, porque él tenía muchas cosas que hacer y en ese momento, yo no estaba haciendo nada en particular, ya no iba a clases a la universidad, ni a la Casa de la Cultura, entre él y el médico de la familia me habían convencido de que dejara de vender máquinas de oficina, escribía algún cuentito de vez en cuando, pero me aburría soberanamente; llevar los pagos y las cuentas me daría algo en qué entretenerme.

Llegaron los siguientes Estados de Cuenta, había que pagar luz, teléfono, agua, las tarjetas de crédito y el trimestre del seguro de vida. De la cuenta conjunta, de donde se pagaba todo eso, después de cubrir los gastos fijos, sólo quedaba lo suficiente para pagar el seguro o el total de la tarjeta de crédito (como siempre hacíamos) y un poco más, pero no lo suficiente para ambos pagos.

En el desayuno le comenté a Gerardo.

-Ya pagué todo, pero sólo queda para pagar el pago trimestral del seguro o el pago total de la tarjeta, sigues gastando mucho en comidas fuera.

Sin contestar a mi crítica – Paga el total de la tarjeta, no quiero pagar intereses.

-Pero si no pagamos el seguro, lo pierdes.

Sólo se encogió de hombros, ni me miró.

Ya hemos perdido 3 ó 4 seguros por no pagar una mensualidad.

-No importa – y dio por terminada la discusión.

Me enfurruñé, me di la vuelta y regresé al escritorio. No sabía si hacer lo que él decía o lo que yo quería.

Recordé, sin querer, que hacía unos años, Scorpio, mi lector de tarot que nunca fallaba, me había dicho que en ese año me iba a quedar viuda… sacudí la cabeza, en negación, pero el pensamiento no se iba de mi mente ¿y si, como siempre, tenía razón Scorpio? ¿y si…? ¡no, no, no, no! ¡no! Pero.. ¿ y si…?

Casi me decidí a pagar el seguro, pero aún no estaba segura, pensé dejar la decisión para el lunes.

Hacía 3 años que vivíamos en una ciudad de provincia cercana a la capital (2 horas de carretera) y ese fin de semana iba a ir a la Ciudad de México a una reunión de feministas en casa de Amalia. Olvidaría el asunto por un tiempo y el lunes, en el banco, tomaría la decisión.

Fui a México, llegué directo a la casa de Amalia.

-¡Holaaaaaaa! –tan expresiva como siempre, me dio un gran abrazo y me llevó a la sala, ahí estaban todas las amigas de siempre y una sorpresa, una “nueva” en el grupo, pero a la vez vieja conocida.

-Mira, invité a otra amiga a las reuniones, es buena onda, se van a llevar bien.

-Ángela se levantó del cojín en que estaba sentada en el piso, como todas las demás y sonriendo me saludó de beso.

-Mira nada más, dónde venimos a encontrarnos, te iba a llamar el lunes ¿ahora podemos tutearnos, no?

-Jajaja, claro que sí, yo tampoco esperaba encontrarte a ti aquí, ¡qué coincidencia!

-¿Así que se conocen? Así es el mundo de las feministas ¡un pañuelo! –dijo Amalia, sentándose en su cojín en el suelo, después de ofrecerme una botana.

-Pero no nos conocemos del mundo de las feministas, sino por negocios – dijo Ángela, yo le vendí a su esposo un seguro de vida.

Yo sólo sonreí y asentí.

-Al rato hablamos de eso ¿sí? – me dijo ella ya con su expresión de mujer de negocios.

-Claro- contesté, pensando que si eso no era una señal ¿qué era? Seguro me iba a recordar que nuestro pago estaba por vencerse… en fin ¡ya qué!

Hablamos de los temas acostumbrados, nos reímos, comimos las deliciosas botanas preparadas por Amalia y en un momento de relajación, cuando la anfitriona iba a servir la cena, Ángela aprovecho para decirme.

-¿Podemos hablar en privado?

-Sí, claro – dije levantándome. Fuimos al pasillo y ella sacó papeles de su portafolio, que siempre traía consigo, como buena vendedora de seguros (nunca se sabe…).

-Ayer traté de comunicarme con tu esposo, pero me mandó decir con su secretaria que ahora tú manejas las cuentas…

-Sí, así es.

-¡Mejor!, porque la verdad… tu esposo no es muy fácil. Con los ingresos que tiene y sólo tomó su seguro por la cantidad mínima, igual que el tuyo un mes más tarde.

-Jajaja, dímelo a mí, en su trato es un pan, pero si quieres sacarle unos pesos, es difícil, aunque si le pides prestada una gran cantidad, te la suelta así no más.

-Cosa me has dicho, el lunes le pido prestado, jajaja

– Ni se te ocurra ¿eh? porque te las verás conmigo, jajaja- las dos soltamos la carcajada y Amalia se asomó.

-¿Qué clase de negocios tratan que son tan divertidos?

No la tomamos en cuenta, sólo le sonreímos y seguimos en lo que estábamos.

-Mira –dijo Ángela –quiero que veas este plan, si duplicas el monto del seguro, sólo te aumenta un 50% la prima, no el 100%, ahorita que se vence el trimestre es el momento de hacerlo.

-Hummm, no estaría mal, pero no tengo para ese pago.

-Lo puedes pagar con tu propia tarjeta, así ni se entera.

-Sí, podría, pero… ¿no se vería mal? –dije pensando en Scorpio y sus predicciones.

-¡Claro que no! ¿por qué se vería mal? Eso lo hace todo mundo, todo el tiempo.

-¡Muchachas, ya vénganse, ya serví la cena, se les enfría! Amalia a gritos desde la sala.

-Ya nos llaman.

-Anímate, ándale – me decía Ángela extendiéndome el formulario y la pluma para firmar – la cantidad que tienen asegurada es ridícula ¿qué harías con eso? ¡nada!

-Hablas como si yo fuera a cobrar el seguro…

-Según estadísticas, hay más viudas que viudos, así que lo más probable es que tú cobres su seguro y no que él cobre el tuyo.

Suspiré y lo pensé 2 veces antes de responderle.

-No, gracias, si quieres te pago a ti el trimestre ahorita, pero no quiero tener una discusión con mi marido por haber aumentado el monto del seguro.

-Págalo tú.

-Se vería “raro”, no, gracias, no insistas por favor.

Le di la tarjeta adicional para que la “planchara” y ella efectuara el cobro de la prima para la misma cantidad, irrisoria, del seguro de vida de Gerardo.

Me cobró, fuimos a cenar, siguió la plática y nos despedimos en la madrugada.

***

Ya en el hotel Ángela y el aumento del seguro no se apartaban de mi mente, dando vueltas en la cama recordé, cómo es que Gerardo había adquirido ese seguro.

Armando, nuestro médico de cabecera y ya amigo, le había pedido a Gerardo que recibiera a su hermana Ángela, que acababa de enviudar y estaba vendiendo seguros, Gerardo aceptó por compromiso y la recibió, resultó tan buena vendedora que, a pesar de ya no querer volver a comprar seguros, le compró uno para él, por una mínima cantidad, conmigo como beneficiaria, y al mes siguiente le compró otro para mí, con mi hijo como beneficiario.

Hasta ahí, todo normal, sólo tenía que pasar el examen médico y hacer el pago, para que entrara en vigor el seguro ¿y quién era el doctor designado por la aseguradora? Armando, nuestro médico de cabecera, quien encontró que Gerardo no pasaba el examen debido a su hipertensión.

-Resulta que tienes la presión muy alta, necesitas normalizarla por salud y para pasar el examen del seguro, si sigues mis instrucciones, tomas el medicamento que te recete, dejas el alcohol, los cigarros, el café y comes sano, sin sal, en una semana estás tan normal, que podrás pasar el examen, además, por salud te lo debes a ti mismo.

-Pues mira, no más porque mi mujer insiste y tu hermana es la que me lo vendió, me portaré bien una semana, paso el examen y lo demás no te lo prometo.

-Eres adulto, no podemos forzarte, es tu decisión, aquí está el medicamento que tienes que tomar, aunque no creas en los chochitos y regresa en una semana.

-Mira, yo no creo en los médicos y en los homeópatas menos, pero ya que has curado a mi mujer y a mi hijo, te creo, me tomo los chochos, me porto bien y nos vemos en una semana.

El siguiente examen salió bien, pagó la prima del seguro y no se habló más del asunto hasta el momento de pagar el siguiente trimestre, que era en lo que estábamos en esos días, bueno, ya había pagado el seguro, no lo había aumentado y ya sería el lunes el momento de encarar a Gerardo.

***

Llegó el lunes, cuando mi marido se enteró de que pagué el seguro y sólo el mínimo del pago de la tarjeta, como yo suponía, se molestó.

-Ya sabes que no me gusta pagar intereses y que siempre pago el total de la tarjeta.

-Sí, pero no quise perder el seguro, tirar a la basura los pagos que ya hicimos, como en todos los seguros anteriores.

Se dio la vuelta enojado, salió de la habitación y ahí quedó la cosa.

Continúa en el Capítulo 2.

 ***

Ciudad de México, Siglo XXI

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© Silvia Eugenia Ruiz Bachiller, Puedes copiar y publicar este artículo, siempre y cuando incluyas el enlace al artículo, no lo uses con fines comerciales, no lo modifiques, no quites el © ni este último párrafo que le sigue, enlaces incluidos.

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Imágenes tomadas de internet y Pinterest.

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Silvia Eugenia Ruiz Bachiller, Autora de “TÚ Y YO SIEMPRE”, novela romántica. La historia de amor de Almas gemelas, su karma, reencarnación y regresiones a vidas pasadas.

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