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AMANECER EN EL SOLSTICIO DE VERANO

Alicia se sentó cansadamente en su silla de mimbre y, recargando ambos codos en la rústica mesa de la cocina, miró tristemente a su hijo que estaba terminando un trabajo para la escuela de arquitectura, apenas iba en primero, pero ella se sentía muy orgullosa de él.

Su tristeza se trocó en interés y trató de entender de qué se trataba lo que Carlos estaba haciendo, pero no le encontraba pies ni cabeza.

-¿Qué’s eso, m´hijo?

Carlos, no quitó la atención del último menhir que estaba colocando.

-Es una maqueta de Stone Henge, mami.

Alicia movía la cabeza para encontrarle forma, pero no había caso, no se la encontraba -¿de qué?

-Ay, mamá de un lugar en Inglaterra- se alejó para contemplar su trabajo en perspectiva. lo aprobó con una sonrisa y volteó a ver a su madre. Su satisfacción le permitió ser más paciente con esa buena mujer que hacía gelatinas y pastelitos para venderlos a la salida del Colegio Americano y luego en la esquina de la UPAEP, y así poder solventarle su carrera de arquitectura en la BUAP y la de su hermana Sara, que estudiaba antropología en la misma Universidad

-Es un sitio muy famoso por este tipo de construcciones- señaló las réplicas de los megalitos.

-Pos yo no le veo pies ni cabeza, ¿dices que son casas?

Carlos posó su brazo sobre los hombros de su madre, él era mucho más alto que ella

-Yo no dije eso, mamá, y no son casas, son piedras enormes colocadas de cierta manera y tienen miles de años de antigüedad- tomó su maqueta y la colocó en el aparador, junto al platón de Talavera, único adorno caro de la casa.

-Bueno, mami, hasta mañana- le dio un beso en la mejilla y se fue a dormir saboreando anticipadamente el primer lugar en el concurso de maquetas de su clase, que se llevaría a cabo al día siguiente, 22 de junio.

Alicia sacó del cajón su grasiento cuaderno de cuentas y empezó a anotar las compras de frutas y grenetina, leche y azúcar que había hecho ese día en el mercado, y las ventas logradas. Se preocupó al ver que no había mucha diferencia entre sus gastos y sus ganancias ¿cómo podría pagar el libro que necesitaba Carlitos y el viaje de estudios de Sarita?

El cansancio la fue venciendo y mientras contemplaba orgullosa el trabajo de su hijo, el sueño se apoderó de ella. Recargó ambos brazos en la mesa y la cabeza en ellos, mientras sus ojos se cerraban lentamente.

Despertó suavemente, no deseaba abrir los ojos, pero tampoco se podía quedar en la cocina durmiendo. Perezosamente levantó la cabeza y al retirar los brazos de la mesa, sintió una superficie fría, áspera e irregular. Con dificultad empezó a abrir los ojos y, con ellos desmesuradamente abiertos, de un salto se retiró de la piedra en que había estado recargada.

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No estaba en su cocina, sino en un paraje extraño, a campo abierto.

 

Mientras parpadeaba y oteaba el paisaje, algunas figuras se fueron perfilando en la semioscuridad; alcanzó a percibir una especie de columnas colocadas en semicírculo alrededor de ella; levantó la vista y se dio cuenta de que estaba en medio de un círculo de puertas gigantescas.

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Dio media vuelta para ver todo alrededor, se sintió mareada y su sensación de que todo daba vueltas a su alrededor aumentó cuando las nubes que ocultaban la luna llena fueron barridas por el viento y una luz sepulcral y azulosa iluminó la escena.

images-2Cayó de espaldas contra la piedra que le había servido de apoyo, aterrorizada por esas enormes construcciones que semejaban puertas que tenían dintel, pero no techumbre, pues el centro estaba a cielo abierto; era como encontrarse en un castillo de cuento de hadas, en una torre carente de techo.

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Preguntándose dónde estaba y si estaba soñando, empezaba a incorporarse cuando escuchó una extraña y suave música como de flautas, proveniente de más allá de la puerta mayor. Se acurrucó atrás de la piedra sobre la que había estado recargada antes de abrir los ojos y decidió quedarse inmóvil hasta saber quien tocaba esa música y su asombro no tuvo límite cuando, a la par que la música se acercaba, distinguió unas figuras blancas que se aproximaban en fila, danzando al son de las flautas, por un ancho camino blanco.

Cuando se acercaron más, vio que se trataba de mujeres jóvenes, vestidas con cortas y sutiles túnicas blancas, que iban siguiendo a una mujer más alta, ataviada con una larga y amplia capa, de nívea blancura; en las manos llevaba una esfera que despedía una luminosidad equiparable a la luna llena que en ese momento brillaba en el cenit.

Stonehenge y luna llena

Alicia se acurrucó atrás de una piedra y ahí permaneció inmóvil, mientras su miedo se convertía paulatinamente en curiosidad.

Todo el grupo penetró al círculo por la puerta mayor (como la llamó Alicia para sí misma), atravesó tres más colocadas en línea recta y se situó siguiendo el semicírculo de puertas que quedaba justo frente a aquélla por la que entraron, donde sólo quedó la mujer de la capa.

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Después de elevar los brazos en una especie de saludo a la luna, algunas de las jóvenes efectuaron una danza que a Alicia le pareció dulce y sensual, mientras otras tañían suavemente sus flautas. Al principio temía hasta respirar, pero poco a poco se relajó con el sonido de esa bella música; de cualquier manera, sólo se asomaba lo suficiente para poder observar lo que estaba sucediendo.

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Al terminar la danza, la sacerdotisa elevó la esfera luminosa hacia la luna llena y pronunció una especie de oración a los astros del firmamento. Alicia no sabía cómo, pero estaba entendiendo lo que la mujer decía ¿o pensaba?, ¿era una especie de telepatía lo que le permitía comprenderla? Lo ignoraba, pero estaba fascinada escuchando esa consagración que de las jóvenes, el lugar y el planeta entero hacía la sacerdotisa a la luna, el sol, y la estrella Sirio.

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Cuando la bella mujer terminó el ritual, se dirigió hacia el centro del círculo, caminando peligrosamente cerca de la piedra donde se ocultaba Alicia y ésta retuvo la respiración, pero la sacerdotisa pasó junto a ella sin notar su presencia, como si no existiera. En ese justo momento, se escucharon a lo lejos otros sonidos, al irse acercando, Alicia pudo distinguir un alegre pandereteo y poco después, al unísono, un cántico de voces varoniles.

 .

Las danzarinas y flautistas se acercaron a la puerta opuesta a aquélla por la que habían entrado y recibieron con alegre algazara al grupo de hombres jóvenes que se acercaba tocando panderos, saltando y cantando.

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Alicia presenció una danza con la que rememoró aquella ocasión que fueron a México, cuando Carlitos la había llevado al lago de Chapultepec a la presentación de “El Lago de los Cisnes”. Al inicio de la danza las flautistas y los pandereteros guiaban con su música los pasos de los danzarines, pero poco después, uno a uno de los hombres soltaba el pandero y elegía a una flautista como pareja; cuando ya no hubo músicos, al unísono, mientras seguían bailando, rompieron a cantar una melodía cadenciosa, repetitiva y aún más dulce y sugestiva que la de los instrumentos.

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Unos minutos después, una pareja se desprendió del grupo y, saliendo por la puerta por donde habían entrado los hombres, desapareció tras un muro blanco inclinado.

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Más o menos cada minuto, otra pareja le seguía los pasos para llevar a cabo un ritual de la fertilidad. Alicia recordó cómo su hija Sara le había hablado de eso y ella estaba disfrutando al máximo de lo que consideraba sueño, porque no podía ser otra cosa.

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Mientras las parejas llevaban a cabo su ritual, la sacerdotisa se dirigió al centro del círculo de puertas y, después de ofrecerle la luminosa y blanca esfera a la luna, la colocó sobre una especie de altarcillo de piedra, justo en medio del recinto; en seguida se encaminó a uno de los hoyos, también colocados en círculo concéntrico al de las puertas, sacó una esfera opaca de él, hizo una consagración dirigiéndola hacia el Este y la colocó en el hoyo siguiente.

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Las parejas de jóvenes volvieron, venían corriendo y riendo, pero al cruzar por la puerta, guardaron respetuoso silencio y, tomados de las manos se colocaron en semicírculo justo frente a la puerta mayor.

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La sacerdotisa hizo otra oración que finalizó despidiéndose de los jóvenes, encareciéndoles que llevaran a cabo su misión y citándolos en el solsticio de verano de 2,150 años más adelante, fecha en que partirían de regreso al sistema estelar de Sirio. Al terminar la arenga gradualmente desapareció, convirtiéndose en bruma azulosa que se elevó al estrellado firmamento, donde se encontraba una extraña nube de forma lenticular.

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Alicia elevó la mirada siguiendo ese tenue velo de neblina en que se había convertido la bella mujer.

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El cielo alrededor de la luna se veían un tanto iluminado, pero lejos de ella se veía negrísimo y miles de estrellas parecían sostenerlo como alfileres de brillantes. Empezó a hacer mucho frío, Alicia titiritaba en su escondite. Le pareció escuchar un trino de pájaros, pero algo lejano.

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Pasados unos segundos, o varios minutos, no podría decirlo, en el horizonte, hacia el Este, por atrás de unas colinas, una nubecilla comenzó a teñirse de púrpura, la línea del horizonte fue tornándose azul marino, luego surgió una franja que se veía de un azul menos oscuro y finalmente apareció otra orla de bordes desdibujados, como las anteriores, ahora de color azul un poco más claro, en ese momento, como si hubiesen encendido las nubes del medio cielo, éstas se tornaron doradas y anaranjadas, con destellos de rubíes.

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Al mismo tiempo y junto con una franja color azul celeste, apareció, como brotando de la tierra, una enorme y luminosa bola color rojo carmesí, subiendo rápidamente desde el horizonte. Alicia, que estaba exactamente frente a la puerta mayor, la contempló maravillada; se dio cuenta de que parecía salir de atrás de una enorme piedra que estaba justo en línea recta del sol y de la enorme puerta, por donde apareció, como una esfera incandescente, el astro rey.

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La esfera colocada en el centro del recinto por la sacerdotisa, iba cambiando su luminosidad blanca por roja; parecía que los rayos del sol la estaban incendiando, hasta que se convirtió en una pequeña réplica incandescente del sol, de cuyo centro parecían salir esbeltas llamas rojas.

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La pequeña mujer se quedó sin aliento, jamás en su vida había contemplado algo semejante, aunque cuando era joven, en su pueblo, acostumbraba levantarse al amanecer, nunca como hoy; tal vez se debió a todos los rituales que presenció en la madrugada; tal vez era por la fecha: el primer día del verano, o tal vez por haber visto al sol entrar por esa puerta, pero era la primera vez que recibía semejante impacto al contemplar una aurora.

 .

La emoción fue tanta, que se sintió mareada y se recargó en la gran piedra que le había servido de escudo; después de recoger un fragmento de piedra curiosamente azul, cerró los ojos y respiró profundamente, preparándose para volver a abrirlos y seguir contemplando la hermosa y gran bola roja en el cielo…

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-¡Mamá!, ¿te quedaste dormida en la cocina? – Sara la sacudió tiernamente.

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Alicia abrió los ojos…¡claro!, todo no había sido mas que un hermoso sueño. Pesadamente se levantó para preparar el desayuno de sus hijos; Carlos entró ya con sus libros, listo para irse a la Universidad.

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En el momento en que Alicia abrió la mano y descubrió un fragmento de piedra azul en ella, escuchó a Carlos reclamar.

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-¡¿Quien puso esta canica roja en medio de mi maqueta?!

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© Silvia Eugenia Ruiz Bachiller,

Puebla de los Ángeles, Abril, 1995.

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Imágenes tomadas de internet o Pinterest.

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Silvia Eugenia Ruiz Bachiller, Autora de “TÚ Y YO SIEMPRE”, novela romántica. La historia de amor de Almas gemelas, su karma, reencarnación y regresiones a vidas pasadas.

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