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AMOR CON FECHA DE CADUCIDAD

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© condiciones al final

Esto pasó hace muchos años, pero lo traía atorado en la garganta/dedos, y decidí, por fin, dejarlo salir…

Era yo muy jovencita, pero ya tenía un puesto más o menos importante en una empresa multinacional, con base en la Capital, era asistente bilingüe del director de la planta, ubicada en otro Estado cercano, cuál, no importa.

Estaban construyendo la planta y trayendo maquinaria, para lo que venían ingenieros de muchas partes del mundo (Italia, España, Francia, Alemania, Arabia, Argentina), además de los mexicanos, claro.

Se suponía que yo iba a seguir siendo asistente del director aquí en la capital, donde residía yo y él tendría otra asistente en la planta, pero… mi jefe se empeñó en que yo fuera a organizar toda la oficina de la planta, hacer las compras del equipo de oficina, papelería y adminículos necesarios, contratar secretarias y jefe de almacén, el jefe de compras lo mandarían de la capital.

Me pidieron que fuera allá de lunes a viernes por 3 semanas, máximo, 4, no más. pero al final resultaron 3 meses, porque había muchas cosas que hacer a partir de cero, mientras acababan de construir la planta, que aún estaba en obra negra.

No pude negarme y todos los lunes salíamos de la oficina a las 9 am rumbo a la planta para salir de allá el viernes a las 5 pm  y regresar a nuestros hogares.

El viernes anterior a salir por primera vez, observé que todas las compañeras daban vueltas alrededor de la oficina de personal, como las divisiones eran de cristal, se podía ver lo que ocurría dentro de los cubículos, mis compañeras iban y venían y regresaban una y otra vez; por curiosa fui a ver la causa y era una razón perfectamente válida, jajaja. Sentado frente la jefa de personal se encontraba el hombre más guapo que jamás había visto: casi 2m de estatura (lo vi cuando se levantó para despedirse y dirigirse a un teléfono), rubio, ojos azules y con una “baby-face” hermosísima, guapo el hombre de todo a todo (a mí me gustan morenos, pero el “güero” estaba de cuento de hadas). Cuando estaba hablando por teléfono levantó la vista, me vio y sonrió… me dejó helada, le sonreí también y me regresé a preparar todo para el lunes irme a la planta.

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El lunes llegué, me instalé y me llamó mi jefe, el guapérrimo estaba con él,

-Sandra, el Ing. Gerhard Molodesky, necesita que lo ayudes a arreglar algo en su hotel, por favor al salir acompáñalo y ayúdalo a resolver su asunto ¿en qué hotel estás?

-En el Lastra

– Ah, que bien, él también, así que no tienes que ir a otro lado y mira necesito… me empezó a dar instrucciones para el día.

Cuando terminó, me voltee hacia el ing. y le pregunté en inglés qué era lo que necesitaba.

Carita de -¿What?

No hablaba inglés.

-¿Italiano?- No.

-¿Francés? (yo no sabía mucho francés, pero al menos con ayuda de un diccionario…), tampoco.

-Yo no hablo alemán (dije la frase que me sabía en alemán: Ich spreche kein Deutsch) levantó los hombros con cara pícara y sonriendo.

-Bueno- dije señalando el reloj y con 5 dedos levantados -te veo a las 5 y a señas –para ir a arreglar lo tuyo.

Asintió con la cabeza, me sonrió y se fue a la planta, mi jefe me dijo que el Ingeniero quería cambiarse de hotel, porque todos sus colegas estaban en el hotel Mesón del Ángel y a él lo habían mandado al Hotel Lastra.

Me quedé pensando en lo extraño de un alemán con apellido polaco, nombre con pronunciación francesa ¡y no habla mas que alemán!

En la tarde nos fuimos juntos en la camioneta de la empresa, de vez en cuando nos mirábamos y sonreíamos; llegamos al hotel, fuimos a la administración y le expliqué al empleado la petición del Ingeniero, como los dos hoteles eran de la misma empresa, no hubo problema, pero lo cambiarían hasta el día siguiente.

Como pudimos, con ayuda de un calendario, le explicamos esto al hermoso alemán y quedó conforme.

De la misma manera, a señas, me invitó a cenar afuera, en la ciudad, porque el hotel queda en una colina a la que se accede por carretera, acepté ¡como no! Al menos recrear la vista durante la cena, porque al día siguiente lo cambiarían de hotel ¡qué lástima!

Me pidió elegir el restorán, fuimos a uno de comida típica de la zona, La Fonda de Santa Clara, yo ordené por él (mole poblano, por supuesto), pero él pidió el vino, un Liebfraumilch, nunca lo había probado ¡exquisito! Casi tanto como contemplarlo a él.

Nos divertimos mucho tratando de aprender el idioma del otro. Al salir lo llevé a que compráramos un diccionario cada uno y con ellos, ya pudimos entendernos un poco más.

Tomamos un taxi para el hotel y cuando íbamos por la carretera, yo iba contemplando el paisaje de la ciudad, allá abajo. Él se acercó, supuestamente para verlo también, percibí su aliento cerca de mi nuca, al pasar el brazo por sobre mi hombro, percibí el aroma de sudor, que durante la cena no había sido demasiado grato, pero fue pasable, ahora, aquí, en el taxi, con el brazo sobre mi hombro, el golpe olfativo fue fuerte y lo que ocurrió es que me excitó sobremanera, además de su aliento en mi nuca y mi oído y que desde que lo vi me atrajo (a mí y a toda mujer que lo veía).

Contemplamos el paisaje como 2 segundos y rozó mi mejilla con sus labios… ¡bueno! La explosión dentro de mí, la respiración se me cortó y sólo pude voltear hacia él, para que sus labios me besaran en la boca.

Fue un beso delicioso apasionado, largo, aun lo recuerdo con nostalgia y sensaciones agradables. Continuamos besándonos hasta llegar al hotel, no sé que habrá pensado el taxista y ni me importaba.

Entramos, pedimos nuestras respectivas llaves, nos habían dado cuartos contiguos, por ser de la misma empresa. Yo me preguntaba “¿y ahora qué? ¿Cómo me va a decir lo que ambos queremos?”

Lo solucionó diciéndome muy rápido, algo de “problems” y wasser (agua) y su cuarto y nicht (no) haciendo aspavientos, mientras yo abría mi puerta, siguió con eso y se metió rápidamente yendo hacia el baño, abrió la llave del lavabo y siguió con su retahíla, comprendí que me quería decir que en su cuarto no había agua, sonreí, vi la estratagema y fui a cerrar la puerta.

Nos miramos, nos acercamos y nos lanzamos a los brazos del otro.

Fue una noche en el país de las maravillas, como la melodía de Bert Kaempfert, fue como un sueño, no sólo por la apariencia de él, sino por lo tierno, dulce y apasionado que resultó ser, eso de que ¿los alemanes son bruscos o fríos? Al menos él no lo era, me decía cosas cuyo significado no entendía, pero con el tono de voz y el lenguaje corporal que lo acompañaba, me parecían las palabras más tiernas del mundo.

No dormimos, a las 6 am se tuvo que ir, en alemán, con carita triste y señas me explicaba que tenía que ir a bañarse, cambiarse y rasurarse, que teníamos que estar listos a las 8 que pasaba el transporte.

Cuando llegué al restorán del hotel a desayunar, el capitán me dijo, señalando una mesa, que ya me estaban esperando, y vi a Gerhard con una gran sonrisa pícara que me esperaba todo oliendo a jabón y loción, también ese aroma me agradó; él ya había pedido jugo de naranja y una rosa roja me esperaba sobre la servilleta ¡qué detalle! Desayunamos trabajosamente, tomados de una mano, mirándonos a los ojos y diciéndonos así mil cosas que no necesitaban traducción.

Al salir del restorán, me llevó a la administración a decirles que siempre sí quería quedarse en ese hotel, que no lo cambiaran al otro, me encantó la idea.

En el transporte seguimos de la mano, llegamos a la planta y quería tomarme del brazo o de la mano, pero no lo consideré conveniente, traté de explicarle, y se puso triste.

A la hora de comer, Luis, uno de los empleados me dijo que en su casa su esposa hacía comida para los compañeros que quisieran ir, Gerhard venía detrás de él y me hizo señas que iba a ir a comer a la casa de este compañero, así que accedí de inmediato (además, no había muchas opciones en el pueblo). Creo que más que comida, él y yo nos comíamos mutuamente con los ojos, todos se dieron cuenta y empezaron las bromas, qué él no entendía y a mí me ruborizaban.

Al salir en la tarde, pasó a mi escritorio por mí y nos fuimos juntos al transporte que nos llevaría al hotel, la otra camioneta iba al hotel de sus colegas y en ésta, nuestra, sólo íbamos él y yo, tomados de la mano y mirándonos a los ojos, con tremendas ganas de besarnos.

Desde ese martes hasta el viernes, fue casi lo mismo, salvo que cada noche podíamos escoger, según un folleto, diferentes restoranes para cenar, pero a él le gustaba repetir el primero, La Fonda de Santa Clara. Cuando caminábamos por la calle, había jovencitas que se le paraban enfrente, se mordían el labio y le decían: “papacitooo” él no entendía la palabra, pero sí la actitud, se ruborizaba y me abrazaba.

Poco a poco fuimos aprendiendo el idioma del otro (hace tantos años que ya se me olvidó, salvo Ich liebe dich – Te amo) y ya nos podíamos comunicar mejor, aunque en realidad no hacía mucha falta, las noches eran maravillosas, no necesitábamos más idioma que el universal entre hombre y mujer, la tremenda atracción sexual, sazonada con su olor, su sudor después de ensamblar máquinas en la planta. La segunda noche pretendió bañarse antes de amarnos, pero no se lo permití, nooo, le iba a quitar esa fragancia tan suya y tan estimulante sexualmente ¡de ninguna manera!

El viernes en la tarde nos despedimos con tristeza, nos veríamos hasta el lunes, lo pasamos a dejar al hotel y el transporte me trajo a la Capital, muy triste, pero tranquila, sabía que se iba a quedar solo en el hotel, que llegarían turistas, que tendría todas las oportunidades que quisiera, sin embargo, no sentía celos, él me había dado tanta seguridad de su cariño e interés, que ni me imaginaba que me pudiera ser infiel.

El lunes, regresé a la planta y él fue en seguida a darme los buenos días.

-“Guten Morgen

Y se repitió la semana anterior, mucho trabajo en la planta y al salir, disfrutar de su presencia, y de su apasionado amor, vivía yo como en un sueño, no creía posible que un “dios germano” como él, más guapo y atractivo que Chris Hemsworth,  Brad Pitt, Jude Law, Robert Redford. Paul Newman y Alain Delon, en su mejor momento, estuviera enamorado de mí, porque lo estaba, lo demostraba, nunca me habían tratado así, como él, con tanta dulzura, respeto y pasión.

Pero…

No podía faltar la serpiente en el Paraíso: yo había tenido un novio, Raúl, que me resultó más celoso que Otelo, si por él hubiera sido, ni con burka estaría bien que yo saliera, pues se me verían los ojos y podría ver a los hombres, bueno, tan fue así al hacernos novios, después de 2 años de pretenderme, que terminé con él al día siguiente de empezar el noviazgo.

Un día, queriendo que regresara con él, me llamó a casa de mi abuelita, con quien vivía yo, ella inocentemente le dijo dónde trabajaba y le dio el número de teléfono, de inmediato me llamó, pero estaba yo en otro lado de la planta, donde no había extensiones y sólo le tomaron el recado, 3 veces en 15’. Cuando regresé a mi lugar, me quedé inquieta al ver los recados, opté por llamarlo a su trabajo para decirle que ya me dejara en paz, pero me dijeron que había pedido la tarde libre

–Qué raro- pensé y le marqué a su casa, la empleada doméstica me dijo que después de comer había salido, diciendo que regresaría hasta el día siguiente

“Este hombre va a venir acá a armarme una escena de celos” supuse; por la hora a la que me dijeron que había salido, calculé que llegaría después de las 5, hora en la que salíamos de trabajar, eso me tranquilizó, pero pensé que también sabría en qué hotel me hospedaba.

¿Cómo deshacerme de él? ¿Cómo explicarle a Gerhard? Cuando fuimos a cenar diccionario en mano y a señas, le dije que había tenido un novio tiempo pasado, que era celoso y que quizá iría a armar escándalo, le pedí que al llegar al hotel me dejara entrar primero, así lo hicimos y, en efecto, ahí estaba Raúl, en el lobby, esperándome con cara de pocos amigos.

Me acerqué a saludarlo

-¿Qué haces aquí? No tienes nada que hacer aquí.

Él me contestó agresivo -¿Con el permiso de quién viniste a trabajar acá?

-Yo no tengo que pedirle permiso a nadie y menos a ti.

En ese momento entró Gerhard y vio la agresividad de Raúl y aunque habíamos quedado que saludaría de lejos, se acercó para defenderme si Raúl se ponía más agresivo.

Los tuve que presentar y Raúl, a pesar de la diferencia de estaturas, se le abalanzó a Gerhard, quien sólo extendió el brazo para detenerlo, pero los guardias de seguridad, que ya estaban atentos desde que oyeron que Raúl me gritaba, se acercaron y lo sacaron pataleando y gritando.

-¡Eres una coqueta de mierda! Pero me las vas a pagar…

¡Qué pena, qué vergüenza con los empleados y huéspedes del hotel que lo presenciaron y sobre todo con Gerhard, que se acercó a ver si estaba bien, me pasó el brazo sobre los hombros y consolándome nos encaminamos a nuestros cuartos.

Esa noche fue el amante más dulce que pudiera haber imaginado, se portó tan tierno que si no supiera que se iba a ir a Alemania y yo me regresaría antes a la Capital, me hubiera permitido enamorarme perdidamente de él, pero sabía que nuestro romance tenía fecha de caducidad y que un océano nos separaría, no me dejé ir en cuanto a mis sentimientos, no dejé crecer mis emociones, no, no quería volver a sufrir por amor.

Pero resultó que aunque él también lo sabía, él no le puso frenos a sus sentimientos y a la media noche, después de hacer el amor, me dijo a señas y con el diccionario en la mano, que me casara con él, me dibujó una casa con jardín y a él y a mí adentro y muchos corazones. Qué ternura, cuánta emoción sentí, pero mi razón se impuso sobre mi corazón y tuve que decir que NO, me dolió hasta el alma el decirlo, pero el cuento de hadas se convertiría en cuento de terror, ya me imaginaba yo sola en otro país, sin hablar el idioma, al menos al principio, en otra cultura, otro clima, no, imposible; sí sentía un gran cariño por él, pero no era tan grande como para dar ese salto además teníamos menos de 3 meses de habernos conocido.

Él lo sintió mucho, se puso muy triste, pero esa noche no cambió su manera cariñosa y apasionada de tratarme, volvimos a hacer el amor otras dos veces, pero como que algo se había roto entre nosotros, al menos yo me sentía muy triste al enfrentar la realidad, de que nos íbamos a separar y no era yo lo suficientemente valiente como para casarme con él.

Al día siguiente, el viernes, me notificaron que la siguiente semana ya no iría yo a la planta, ya estaba todo organizado, había 6 secretarias que me reemplazarían, un jefe de compras que haría las compras de equipo y papelería que yo hacía, un jefe de almacén las controlaría y yo ya podía regresarme a la oficina de México.

Lo que creían que sería la gran noticia, me cayó como rayo en la cabeza, ¡ya no iba a ver a Gerhard! Él aún iba a estar un mes más en México, pero en la planta y yo en la oficina.

Todo se juntó, la escenita de la noche anterior y la notica de mi regreso a las oficinas principales. Traté de explicarle a Gerhard, pero él se quedó con la idea que yo me quería regresar por lo que había pasado.

Cuando ese día en la tarde nos subimos al transporte, no pude contener las lágrimas, él también estaba muy triste y me reiteró la propuesta matrimonial, traté de explicarle mis motivos, pero no fueron suficientemente válidos para él, que insistía e insistía.

Lo dejamos en el Hotel Lastra y me fui llorando el resto del camino por carretera hasta la Capital.

A veces Gerhard me llamaba por teléfono, pero así poco nos entendíamos sólo me repetía:

Ich liebe dich (a lo que yo contestaba –te amo-) y también me decía otras palabras que no le entendía; creo que me quedaba más triste después de que me llamaba.

Un día vino a las oficinas principales a arreglar no sé qué papeles y pudimos ir a comer juntos, fue una gran alegría para mí y luego enorme tristeza al despedirnos.

La siguiente semana me dijeron que los auditores habían encontrado algunas cuentas raras y que tenía que ir un día a la planta, junto con el contador; como no había hecho nada malo, me alegraba inmensamente el ir, porque vería a mi hermoso alemán al menos a la hora de la comida, el problema contable me tenía sin cuidado.

Llegue, nos vimos y sin importar el lugar, tuvimos que abrazarnos, aunque no besarnos.

Entré a la oficina de mi jefe, que estaba con el contador y los auditores, me enseñaron unas facturas, ya no recuerdo qué error tenían, pero nada malo y en media hora ya estaba yo libre hasta las 5 pm, la hora del regreso.

El universo se alineó, era también el último día de Gerhard en la planta y ya no tenía nada qué hacer, así que nos pasamos varias horas platicando, incluida la comida, en la que departimos con todos los compañeros que iban a comer en la casa de Luis. Regresamos a seguir platicando en los jardines que ya estaban preciosos, frescos y con muchas áreas verdes, paseamos tomados de la mano, a mí no me importaba estar en la planta, de cualquier modo, no estaban prohibidas las relaciones entre empleados.

A las 5 partimos en el transporte hacia México y sin importarnos el chofer nos besamos y acariciamos todo el camino. Al llegar al hotel, él me pidió que me quedara con él, asentí y llamé a casa para avisar que llegaría horas más tarde.

Hicimos el amor sin tanta pasión, pero con amor y tristeza, yo lloré mucho, él me volvió a pedir que me casara con él, que cambiaría su vuelo del día siguiente, para dar tiempo a casarnos en su embajada, pero dije no, de nuevo.

Se llegó la hora de regresar a casa, me acompañó al taxi, un abrazo triste, tierno y amoroso y nos despedimos.

Estuve triste varios meses, a veces me enviaba tarjetas postales y  yo tenía que pedir a uno de los ingenieros que me las tradujera, lo que sí entendía era ich liebe dich, que nunca faltaba, luego las tarjetas fueron escaseando, yo renuncié a la empresa y no sé si siguieron llegando.

Pasaron los años, me casé, enviudé muy pronto, rehice mi vida como mujer sola y un día se me ocurrió enviarle una carta a su trabajo, en inglés, esperando que alguien se la tradujera.

Estaba muy ilusionada, aunque tampoco muy decidida a irme a Alemania, pero pensaba que quizá él ya estuviera casado, sólo quería saber de él, que estaba bien.

Una semana después, recibí una carta de Alemania, en un sobre de la empresa donde él trabajaba, el corazón me empezó a latir más fuerte, muy ilusionada abrí el sobre… para encontrar adentro mi carta cerrada y una nota en inglés de alguien desconocido, que decía:

Sentimos mucho informarle que el Sr.. Gerhard Molodesky falleció hace algunos años.

Nuestro más sentido pésame.

Sentí como un golpe fuerte en el estómago y una puñalada en el corazón, me di cuenta que sí lo amaba, que no fue buena decisión el no aceptarlo, que fui muy cobarde, pero lo reconocí fuera de tiempo, ya que no quedaba nada por hacer, salvo recordar ese amor con fecha de caducidad.

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© Silvia Eugenia Ruiz Bachiller

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© Silvia Eugenia Ruiz Bachiller

Imágenes tomadas de internet, Pinterest  o de los enlaces relacionados.  Creo que no es necesario advertir que algunas fotos, son imágenes actuales, sólo para dar una idea de cómo fueron en aquellos tiempos y lugares.

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16 pensamientos en “AMOR CON FECHA DE CADUCIDAD”

  1. Encuentros y desencuentros, real o ficticio, de una vida apasionada. Es verdad que el amor tiene fecha de caducidad .Muchas veces lo mata uno mismo.
    Un abrazo fuerte mi querida Silvia.
    PD. Unas fotos para ganar estrellas en Flicker!

    Le gusta a 1 persona

    1. Así es, mi querida Stella, todo amor tiene fecha de caducidad (en esta vida), aunque sea la muerte de uno de los dos. En el caso del cuento la fecha era sabida desde antes de empezar, puesto que él se iba a regresar a Alemania, pudo haberse extendido, pero ella tuvo miedo y ese amor caducó.
      Abrazos de luz

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