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MONSEÑOR

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Isabel, la joven criolla, hija de uno de los asesores del Virrey Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, entró despacio a la iglesia, con su nana indígena que, como siempre, venía dos pasos atrás.

Se hincó en la primera fila y mientras esperaba el inicio de la misa, se puso a admirar los detalles de la iglesia, que nunca antes había notado, tal vez porque siempre estaba pensando en él.

 Vio la gran cúpula central, desde donde la contemplaban personajes bíblicos, ángeles y santos, cubiertos con flotantes ropajes, principalmente en rojo y azul, por ahí algún violeta, los pálidos rostros y brazos contrastando con los oscuros colores de fondo.

 Bajó la vista y se detuvo en la cresta del baldaquino formada por bellísimas filigranas de oro, estilo barroco; vio después las columnas acanaladas, también de oro, y en el centro, bajo el dosel, la Virgen y el Niño.

 ¿Cómo es que nunca se había fijado en su extraordinaria belleza? Ella también vestía ropajes rojos y azules y tenía en sus amorosos brazos al Niño vestido de blanco. Ambos lucían sendas coronas de oro, incrustadas de diamantes y rubíes… Estaba en esta contemplación cuando salió él.

 Contuvo la respiración, todavía la emocionaba verlo, aunque hubiera pasado la noche con él; aunque hubiera pasado ya tantos años con él.

 La solemnidad de la ceremonia, aunada a los sonidos de las campanillas y de la música de Mozart, el olor del incienso y verlo vestido de blanco, con una cruz dorada en la sobrepelliz, la llevaban casi al éxtasis espiritual, en contraposición de los éxtasis físicos de la no lejana noche anterior.

 Un escalofrío recorrió su espalda, a pesar de su vestido de lana que la cubría desde la garganta hasta las muñecas y los tobillos y de que estaba envuelta en una gruesa capa, también de lana gris.

 No podía evitar sentir esa emoción, sólo que ahora estaba mezclada con cierto resentimiento causado por la plática de la noche anterior.

 Isabel no se lo esperaba, en realidad no sabía qué esperar pero, desde luego, no esto.

 Empezó a recordar cómo, al quitarle los pasadores y dejar suelta su negra cabellera que le llegaba a la cintura, él le había mencionado que el general Irigoytia pediría su mano el próximo sábado. Ella volteó extrañada.

 -Pero…

 -No hay peros que valgan. El estado ideal de la mujer es el matrimonio y tú debes casarte.

 -No puedo, se dará cuenta de… y me repudiará.

 -No te preocupes, está arreglado, yo tripliqué tu dote y por cosas de las que me he enterado en confesión y de las que ya te enterarás por tu cuenta, él te acepta a pesar de todo- Al ver su gesto de temor, la tranquilizó con un ademán – No te preocupes, tal vez a él le convenga más que a nosotros.

 -¡No quiero casarme con otro!, ¡no soportaría que me tocara!

 -No lo hará, te lo aseguro; además eso nos dará oportunidad de tener hijos, por los que yo velaré discretamente desde el principio.

 -¡No puedo! ¡no quiero!

 -Pues tendrás que, porque ya hablé con tus padres y están de acuerdo.

 -¡¡Ellos saben??

-Desde el principio, acaso crees que no se daban cuenta de tus salidas nocturnas tres veces por semana? ¿piensas que creían que habías salido al amanecer a la primera misa? No, mi niña, ellos lo supieron desde la primera vez.

 Isabel lo miró asombrada, ella suponía que nadie se había enterado de sus caricias secretas cuando él iba a su casa a comer o a cenar, desde que ella cumplió los 13 años.

 Suponía que sus padres no notaban su excitación cuando, al besar el anillo de Monseñor, él le transmitía un hormigueo que comenzaba en la punta de los dedos y recorría rápidamente todo su cuerpo.

 Ella imaginaba que nadie sabía de esa mano que se metía bajo sus crinolinas y acariciaba sus más íntimos rincones, cuando ella se paraba junto a él a escuchar a su madre tocar el piano… No podía creer que lo supieran todo. Contemplaba al prelado con ojos muy abiertos, todavía sin asimilar lo que él le había dicho.

 Esa noche no disfrutó del amor.

 Pensaba en el general que sería su esposo; era un peninsular llegado a Nueva España hacía varios meses, tendría unos 50 años, era rechoncho y colorado, muy bromista y siempre olía a alcohol. Isabel había oído que era muy extraño que a su edad no se hubiera casado…

 Las campanillas previas a la Comunión la regresaron al presente. Tendría que casarse, por el bien de ella misma y de Monseñor, él le había dicho que también beneficiaría a sus padres y, sobre todo, al general, que le viviría agradecido por poder tener una esposa a quien poder presentar a la puritana sociedad novohispana.

 Las lágrimas surcaban sus frescas mejillas de niña de diez y ocho años, mientras en su mente buscaba otra salida… cualquier otra salida…

 ***

Isabel, antes de probarse su vestido blanco de novia, tomó un trago de la taza de té, amargo como ninguno, que le había dado su nana, se vistió y se vio al espejo: la novia virgen y limpia, con azahares, símbolo de pureza…

 Pensando en la decisión que acababa de tomar, terminó su té y colocó en la mesita de noche la taza vacía. Se recostó a descansar, habían sido demasiadas emociones para su dulce y tierno corazón y una resolución muy difícil de llevar a cabo.

***

Docenas de blancas flores adornaban la iglesia, los asistentes lucían sus mejores galas.

 En el órgano, Mozart.

 Frente al altar Isabel toda de encaje blanco, los azahares, la pureza hecha flor, se entrelazaban con su negra cabellera y servían de marco a su carita triste, los diamantes de sus joyas rivalizaban con sus lágrimas que asombrosamente aún asomaban por entre sus párpados cerrados, como si se hubieran congelado con el frío mortal del momento de su decisión.

 Monseñor, más pálido que de costumbre, y con una sombría expresión en su demacrado rostro, se volvió hacia su siempre bien amada Isabel y le dio su bendición:

 DALE SEÑOR, EL ETERNO DESCANSO,

Y QUE BRILLE PARA ELLA LA LUZ PERPETUA.

DESCANSA EN PAZ, ISABEL

AMÉN

La misa de difuntos, de cuerpo presente, conmovió a toda la alta sociedad de la Ciudad de México…

***

 © Silvia Eugenia Ruiz Bachiller

Ciudad de México, Noviembre 1989.

***

Imágenes tomadas de internet.  Creo que no es necesario advertir que algunas fotos, son imágenes actuales, sólo para dar una idea de cómo fueron en aquellos tiempos y lugares.

***

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Silvia Eugenia Ruiz Bachiller, Autora de “TÚ Y YO SIEMPRE”, novela romántica. La historia de amor de Almas gemelas, su karma, reencarnación y regresiones a vidas pasadas.

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4 pensamientos en “MONSEÑOR”

    1. Hola amiga Stella, digamos que sí ocurrió, pero no en Nueva España, sino en Venecia, por el Siglo XV, por ahí de 1465. Monseñor se apellidaba Monigli.
      Hace mucho tengo ganas de publicar la historia, pero no como cuento, sólo que tengo la información fragmentada y en diferentes documentos, ya pronto lo haré.

      Un abrazo de luz

      Le gusta a 1 persona

    1. De buscar todos los fragmentos desperdigados, integrarlos y acomodarlos, pero ten la seguridad que sí lo haré y con tu comentario que me alienta, tengo ahora una razón más para dedicarle el tiempo necesario (lo que tengo que darme es eso: tiempo)

      Me gusta

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